Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos, era el siglo de la locura, era el siglo de la razón, era la edad de la fe, era la edad de la incredulidad, era la época de la luz, era la época de las tinieblas, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, lo teníamos todo, no teníamos nada, íbamos directos al Cielo, íbamos de cabeza al Infierno; era, en una palabra, un siglo tan diferente del nuestro que, en opinión de autoridades muy respetables, solo se puede hablar de él en superlativo, tanto para bien como para mal».

 

Pareciera natural trazar una analogía entre la novela de Dickens “Historia de dos ciudades” y la narrativa actual de los mercados globales. Y es que si miramos el comportamiento de los principales índices bursátiles en las últimas semanas, no podríamos encontrar un mejor paralelismo. Nos encontramos en el medio de una bipolaridad pocas veces vista por parte del Sr. Mercado, lo cual se transforma en obstáculo a la hora de  adelantarse a los acontecimientos y buscar oportunidades; necesidad y misión del inversor promedio. En alguna otra entrega analizaremos la dificultad que esto supone, y la futilidad promedio que exhibe el analista financiero de turno al lanzarse en esta tarea.

 

Volviendo al humor actual del mundo bursátil, podemos ver como luego de la caída brutal del S&P en el mes de Marzo, precipitada por la aparición del COVID-19 y el derrumbe sin precedentes en el precio del barril de crudo, los activos de riesgo protagonizaron un comeback situado entre los más explosivos de la historia moderna. Papeles como American Airlines (-44% abajo en Marzo), Royal Caribbean (-60% abajo en Marzo) o Hilton Hotels & Resorts (-35% abajo en Marzo), puestos en jaque gracias a la dinámica desencadenada por el virus, pasaron de ver sus cotizaciones caer a niveles dantescos a protagonizar una escalada violenta en términos porcentuales. Lo llamativo de esta acción de precio, fue la paralela disociación existente entre la economía real y los mercados bursátiles. Es que, curiosamente, los eventos descriptos previamente, se generaron al mismo tiempo en que el mundo se debatía como combatir los efectos devastadores del virus, tanto en la salud como en la economía de la población mundial.

 

Fue en este marco, en que los principales bancos centrales del mundo llevaron a cabo estímulos monetarios de características mayúsculas, y sin antecedentes respecto a su tamaña magnitud. Solo a modo anecdótico, La FED de los EE.UU hizo crecer su hoja de balance a más de 7 BILLONES de dólares ($7.000.000.000.000), el BOJ (Bank of Japan) potenció su programa de préstamos a más de 1 billón ($1.000.000.000.000) y el ECB (European Central Bank) hizo lo propio llevando esa cifra a 1.52 billones ($1.520.000.000.000). Esto, sumado a los programas fiscales expansivos por parte de la mayoría de los gobiernos, hizo las veces de combustible para la tesis bullish o alcista del futuro financiero; generando la llamativa disonancia entre ambos mundos, el financiero y el de la economía real.

 

La pregunta que surge entonces es, ¿que tesis prevalecerá a futuro? La semana pasada, el mercado ensayó una breve pero furiosa corrección, que dio letra a los agoreros de siempre, aquellos que suelen predicar un escenario apocalíptico de manera rutinaria. Lo realizan de manera tan habitual, que finalmente en algún momento terminan por tener razón. Lo que no debe dejarse de lado es, el costo de oportunidad que paga el inversor que se posiciona defensivamente de manera indefinida y crónica.

 

Sin embargo, la palabra agorero en este caso puntual, no debe ser leída de manera peyorativa, y es que si uno analiza los datos financieros de las empresas a nivel general, podemos ver que a lo largo del espectro hay colapsos desmesurados en las ganancias y los flujos de caja, un sin número de potenciales problemas de liquidez y solvencia, futuro incierto en el marco de probables cambios de comportamiento por parte del consumidor, y aún más importante: valuaciones que aparentar ser excesivamente caras. Este último punto es resultado del análisis de métricas como el CAPE Ratio o el Buffett Yardstick (desarrolladas por Robert Schiller -ganador del premio nobel- y por Warren Buffet -famoso inversor y dueño del conglomerado Berkshire Hathaway, respectivamente), que son métricas que analizan los precios actuales de las empresas, relativos a sus ganancias (pasadas y estimadas) combinadas con otro tipo de variables como el PBI de los países, o su valor contable.

Por el otro lado, la perspectiva optimista de los inversores se ve alimentada por lo descripto previamente en términos de estímulos monetarios y fiscales; sumado a la creciente democratización de las finanzas. Una verdadera legión de nuevos pequeños inversores, aprovechando el nuevo mundo de comisiones casi nulas, han ganado protagonismo en el mercado americano, y han sido los principales artífices del último rally por parte de los activos de riesgo.

 

Cuestionando y mofándose del propio Warren Buffett (que está acumulando niveles récord de caja en su holding, aduciendo un panorama sombrío) , esta manada de inversores se ha posicionado en empresas en distress financiero y al borde de la quiebra como Chesapeake Energy (empresa testigo en el modelo de alto endeudamiento del sector de extracción de petróleo no convencional o “shale oil”) o Hertz (empresa dedicada al alquiler de autos, que recientemente inició los trámites para entrar en bancarrota).

 

 

“La liquidez mueve los mercados, y la Fed maneja la liquidez”. – Stanley Druckenmiller

 

Estos son los jugadores que creen en la omnipotencia de la Fed. Y tal vez tengan razón. No debemos nunca olvidar las palabras del mítico inversor Stanley Druckenmiller, ex administrador del fondo del célebre George Soros: “La liquidez mueve los mercados, y la Fed maneja la liquidez”.

Más allá de la aparente disonancia de narrativas, el enfrentamiento del dinero “tonto” (pequeños inversores) versus inversores de calibre como Buffett o Paul Tudor Jones entre otros, y la multiplicidad de factores a considerar, el inversor debe ser mas cauto que nunca. En un panorama como el actual, como casi siempre, las profesías del asesor financiero de turno que detenta saber el futuro, debe ser miradas con recelo. Y las posiciones en la cartera deben ser cuidadosamente analizadas. Nunca debemos olvidar que el riesgo no solo está en la pérdida, sino también en el costo de oportunidad. Y el inversor hábil es el que se sabe manejar de manera audaz y calculada, entre “los dos mundos”.


Autor: Lucas Quaranta

Magister en Finanzas – Universidad Torcuato Di Tella

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